Dystopian Wars
Imagina un mundo similar al nuestro, pero sutilmente diferentes. Ahora imagina que el año es el 1870 y la Revolución Industrial tuvo lugar décadas antes que en nuestro propio mundo. La tecnología es muy avanzada, y en muchos casos, irreconocible, lo que ha llevado al desarrollo de fantásticos buques de guerra, descomunales land ships y bestias del aire en forma de dirigibles y globos de guerra.
El juego Dystopian Wars, creado por Spartan Games, se desarrolla en un mundo victoriano de estética Steampunk y sus normas han sido diseñadas para poder disfrutar del juego en un par de horas, utilizando sus miniaturas de alta calidad y facilidad de montaje. Las reglas permiten utilizar los modelos Navales, Aéreos y Terrestres desde el principio, de modo que se pueden configurar las batallas y escenarios en cualquier situación de combate.
Las miniaturas de Dystopian Wars se caracterizan por su calidad: realizadas en resina y metal y altamente detalladas, las miniaturas surcan cielos llenos de hollín en busca de naves enemigas, surcan los mares, o defienden la tierra de sus países de origen con sus acorazados.
Las reglas de juego rápido se han optimizado para poder utilizar ejércitos tan grandes como el jugador prefiera, aunque ello no ha afectado a la velocidad de juego, ya que se puede terminar una partida en unas pocas horas.
Dystopian Wars también se ha diseñado para permitir con varios jugadores, ya que al jugarse por escuadrones individuales, es más fácil alternar los turnos entre los jugadores. El juego se puede complementar con el set de 52 cartas, que le añade un toque más de emoción y convierte cada partida en una distinta.
Al mando de una de las flotas de guerra de alguno de los imperios del juego, el jugador puede escoger entre defender su territorio, o tratar de conquistar el mundo!
Las semillas de la Guerra Mundial:
En Europa, el Imperio de Prusia y el Reino de Britannia se encuentra sumidos en una cruenta guerra de desgaste por el control, tanto en el continente como en las colonias.
A lo largo del Pacífico, los Estados Federados de América (FSA) y el Imperio del Sol Llameante, continúan con su lucha por la dominación, atacando a su vez a las colonias de las potencias europeas.
Es un momento de agitación, desconfianza y miedo: la tecnología ha dado un salto más allá de lo que cualquier científico del tiempo pudiera haber soñado, la moralidad se ha dejado a un lado, suplantada por una sed insaciable de poder. Los avances tecnológicos en electricidad de Tesla han hecho la vida más fácil para toda la población, proporcionando luz y calor, pero en esta época de guerra, también ha ampliado los poderes y capacidades de las armas y los vehículos militares. Los experimentos biológicos de Darwin han conseguido casi erradicar el hambre en el mundo, aunque también se han utilizado para crear monstruos que luchen en los campos de guerra.
En el corazón de esta innovación tecnológica se encuentra el elemento Sturgeon 270, utilizado para crear materiales livianos y maleables como tela, o tan duros como el diamante.
Con los nuevos tiempos vienen las nuevas tácticas de combate. El hombre no puede combatir con los gigantes de hierro que horadan los campos de guerra, así que se han ideado nuevas estrategias, gracias a la mejora de las comunicaciones. Las armas combinadas predominan en los arsenales de todos los ejércitos, aunque siguen habiendo algunos comandantes que reniegan de ese estilo de lucha y se mantienen fieles a sus principios.
La chispa que encendió el fuego de la guerra
El conflicto entre las grandes naciones comenzó con algo tan nimio como una disputa comercial, en el año 1864. La Compañía de las Indias Orientales había estado comerciando en Singapur desde hacía varias décadas, asegurando su posición como líderes en el sector. Como tal, tuvo una mala reacción ante la entrada en escena de los comerciantes japoneses en lo que ellos consideraban su territorio, informándoles abiertamente de su animadversión.
El representante del Imperio del Sol Llameante hizo caso omiso a las amenazas de la Compañía, hasta que fue sorprendido por un ataque de las fuerzas de la CIO cayó sobre su delegación y los expulsaron del país. Avergonzado por esta situación, el representante del Imperio se suicidó, y su nombre fue eliminado de los registros imperiales, tal como dicta la tradición.
Pero su familia, que no estaba dispuesta a tener esa mancha en su honor, reclamó la oportunidad de recuperarlo. Su tío, un comandante recién ascendido del ejército imperial, le pidió personalmente a la Emperatriz la oportunidad para restaurar el honor de su familia y golpear a los bárbaros incivilizados de la Compañía de las Indias Orientales. La Emperatriz, con eterna sabiduría, se apiadó de comandante y le concedió su deseo: le otorgó el mando de la Tercera División del Segundo Ejercito Imperial – también llamado Wani. El comandante volvió a nacer ese día, renunciando a su nombre hasta que consiguiera la venganza. La historia lo recuerda simplemente como Oni.
No perdió el tiempo y dirigió a sus Wani hacia Singapur. La ciudad resistió durante un mes, en gran parte gracias al apoyo de la Compañía de las Indias Orientales, pero finalmente cayó bajo el poder de la Tercera División. Oni y sus hombres arrasaron la ciudad, pero no se sentía satisfecho, el hecho de que la desgracia de su sobrino no fuera debida ni a la propia ciudad ni a sus habitantes, sino a las acciones de la Compañía. Sin embargo, antes de que pudiera reclamar su venganza, la Emperatriz le ordenó volver a casa.
Pero las fuerzas de Britannia no habían estado ociosas, dos semanas después de la caída de la ciudad, la 45ª Fuerza Expedicionaria aterrizaba en Malasia, al mando de Lord Duxford, y un mensaje fue entregado a la Emperatriz de parte de la Reina Victoria. En el, la Reina afirmaba que el saqueo de Singapur era un acto de guerra, y que habría consecuencias a no ser que se enmendara la situación por parte del Imperio. La joven Emperatriz se dio cuenta de que la única solución era entregar a Oni a la Fuerza Expedicionaria, así que envió a sus agentes de élite para asesinarlo.
Este gesto resultó ser inútil, puesto que cuando Oni tuvo noticias de las actividades de la 45ª Fuerza Expedicionaria, cogió a sus Wani y se dirigió inmediatamente hacia Malasia. Los Wani le obedecían ciegamente, teniendo fé en su jucio, y la gente del Imperio lo aclamaba como a un héroe, viéndolo como al guerrero curtido, que vive sin temor de sumergirse de nuevo en el peligro para defender a su pueblo. Dándose cuenta de que dejar a Oni a su suerte podría dar lugar a desórdenes públicos, la Emperatriz movilizó a todo su ejército, y lo envió a apoyar a la Tercera División. Las fuerzas Imperiales cayeron sobre Malasia como un poder divino, y acabaron con la Fuerza Expedicionaria en cuestión de semanas, aunque Lord Duxford sobrevivió, pues fue evacuado a salvo de la zona de combate.
Aumento en las hostilidades
El mundo se sorprendió por el giro en los acontecimientos, y el Reino de Britannia declaró rápidamente la guerra al Imperio del Sol Llameante, desplegando todo su poderío militar a Malasia. La Emperatriz, sabiendo que sus fuerzas no bastarían para sobrevivir a la embestida de la armada de Britannia, envió emisarios al emperador de Prusia. No se sabe qué acuerdo firmaron, pero un mes más tarde, el Imperio Prusiano lanzó coordinados ataques contra todas las colonias de Britannia, llegando incluso enviar un pequeño destacamento a atacar Londers, al mando del Coronel Sturm.
El uso de armas de gas, obtenidas de los coreanos, tuvo un impacto duradero en el Gobierno de Britannia, quien se vió obligado a retirar alguno de sus ejércitos de Malasia para defender la madre patria. El éxito de esta operación, allanó el camino al ascenso al poder del Coronel Sturm.
Durante este tiempo, la coalición Rusa hizo un paco con la Commonwealth Polaca-Lituana, lo que les permitió moverse libremente por el país para atacar las fronteras del este de Prusia. Se asignó esta tarea al General Jozep Cherdenko. Los Polacos colaboraron en la misión mediante el despliegue de tres unidades húsares como apoyo al Ejército Blanco, y se introdujeron en territorio prusiano hasta la fortaleza Wolfgang.
Para conseguir mantener su poder en Europa, los Prusianos reclamaron la ayuda de la República de Francia y la Liga de los Estados Italianos, ayuda prometida en antiguos tratados, aunque cada país declaró sus propios términos – los franceses harían frente a las fuerzas de Britannia, mientras que los italianos lo harían contra Rusia y sus aliados, realizando ataques de guerrilla, para así dar tiempo a los Prusianos a recuperar y reorganizar sus fuerzas. La táctica italiana funcionó, y las fuerzas aliadas de la Commonwealth se vieron obligadas a asumir funciones de patrulla y policía fronteriza, mientras que los rusos se dedicaban a fortalecer y afianzar la tierra conquistada.
El mundo se sumergía poco a poco en el caos, y la FSA decidió intentar invadir Japón, con la intención de conseguir ampliar su control sobre el Pacífico. Se envió a la Cuarta Flota Federada, bajo el mando del Almirante Springfield. El presidente de la FSA estaba convencido de que realizando este movimiento y eliminando al Imperio del Sol Llameante, podría ganar influencia contra Britannia, o al menos la suficiente para evitar cualquier expansión sobre sus dominios de la Reina Victoria.
Sin embargo, la flota se encontró con una flota Rusa, que se había movilizado para invadir el país del Sol Llameante, con el fin de ganarse el favor de los coreanos. Ambas partes abrieron fuego, convencidos de que estaban atacando a una flota defensora del Imperio. Cuatro horas más tarde, ambos se acusaban mutuamente de haber abierto fuego contra ellos, y la guerra entre la FSA y Rusia estuvo servida, dejando de lado cualquier pretensión sobre el Imperio por el momento. La emperatriz aprovechó estos momentos de calma para, a pesar de las protestas, alcanzar un acuerdo con los independientes de Australia, consiguiendo así refuerzos para su ejército. La Reina Victoria tampoco estuvo ociosa, y también contrató los servicios de los Australianos para que entorpecieran la retirada del ejército del Sol Llameante.
El ataque sobre Londres
Tras la declaración de guerra del 17 de noviembre de 1870, la capital de Britannia fue atacada. Un único sumergible de Prusia diseñado para poder navegar por el Támesis, lanzó un audaz e impactante ataque contra el Parlamento. Este ataque, que era más una muestra de poder que un ataque real, se las arregló para sembrar el terror en los corazones del pueblo de Britannia, especialmente cuando se supo que el sumergible consiguió marcharse sin ser detectado. Presa del pánico, una gran parte de la población se unió voluntaria en las fuerzas armadas, y el ejército de Britannia se duplicó durante los seis meses siguientes.
Mientras tanto, en Prusia, el Comandante Sturm, el cerebro tras el ataque, demostraba ser un visionario, tanto en tácticas de combate como en el uso de la tecnología. Sus estudios en Corea habían sido provechosos, permitiendo crear a Prusia un arsenal de gases para uso en combate, capaces de incapacitar o matar a las tripulaciones de los Land Ships, sin destruir el equipamiento, permitiendo entonces su ‘rescate’ y utilización por el ejercito Prusiano. Esta tecnología procedía principalmente del Imperio del Sol Llameante, quienes conocían muy bien las consecuencias de un ataque con gas contra soldados desprotegidos. A cambio de este conocimiento, Sturm les prometió los esquemas de diseño de las armas Tesla, para que el Sol Llameante pudiera crear sus propias armas. Este intercambio afianzaba la relación entre las dos naciones.
Mientras tanto, Lord Barnabas Draynes Sturgeon, sentado en su sillón favorito, ubicado en su estudio en la Antártica (el hogar de una nueva y poderosa nación – El Pacto de la Antártida), escuchaba con desesperación las noticias del avance de la guerra y lo que ocurría en el mundo de arriba. No sólo había errado en sus hipótesis, sino que los acontecimientos se sucedían a una velocidad inimaginable. La tecnología que se les había entregado había sido corrompida, dedicada ahora a mutilar y eliminar más eficientemente a sus enemigos, y la locura del patriotismo había infectado incluso a sus propios aprendices. Con el mundo navegando inexorablemente hacia el caos y la muerte, Sturgeon decide actuar y corregir los errores de la humanidad él mismo.
Ordenó la activación de las instalaciones de producción de la Sima de Wells, y elevó al Custodio Schneider a la posición de Warmaster. Sus enviados diplomáticos se convirtieron en puestos perfectos para asesinos y espías, y los investigadores comenzaron a aplicar sus enormes conocimientos en el arte de la guerra. Aún queda un año para que el Pacto esté listo, un año más de luchas sangrientas que pasará a la historia…
Mientras tanto, en Prusia, el Comandante Sturm, el cerebro tras el ataque, demostraba ser un visionario, tanto en tácticas de combate como en el uso de la tecnología. Sus estudios en Corea habían sido provechosos, permitiendo crear a Prusia un arsenal de gases para uso en combate, capaces de incapacitar o matar a las tripulaciones de los Land Ships, sin destruir el equipamiento, permitiendo entonces su ‘rescate’ y utilización por el ejercito Prusiano. Esta tecnología procedía principalmente del Imperio del Sol Llameante, quienes conocían muy bien las consecuencias de un ataque con gas contra soldados desprotegidos. A cambio de este conocimiento, Sturm les prometió los esquemas de diseño de las armas Tesla, para que el Sol Llameante pudiera crear sus propias armas. Este intercambio afianzaba la relación entre las dos naciones.
La Antártida
Mientras tanto, Lord Barnabas Draynes Sturgeon, sentado en su sillón favorito, ubicado en su estudio en la Antártica (el hogar de una nueva y poderosa nación – El Pacto de la Antártida), escuchaba con desesperación las noticias del avance de la guerra y lo que ocurría en el mundo de arriba. No sólo había errado en sus hipótesis, sino que los acontecimientos se sucedían a una velocidad inimaginable. La tecnología que se les había entregado había sido corrompida, dedicada ahora a mutilar y eliminar más eficientemente a sus enemigos, y la locura del patriotismo había infectado incluso a sus propios aprendices. Con el mundo navegando inexorablemente hacia el caos y la muerte, Sturgeon decide actuar y corregir los errores de la humanidad él mismo.
Ordenó la activación de las instalaciones de producción de la Sima de Wells, y elevó al Custodio Schneider a la posición de Warmaster. Sus enviados diplomáticos se convirtieron en puestos perfectos para asesinos y espías, y los investigadores comenzaron a aplicar sus enormes conocimientos en el arte de la guerra. Aún queda un año para que el Pacto esté listo, un año más de luchas sangrientas que pasará a la historia…
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